Cada tensión en Medio Oriente sacude algo más que el precio del petróleo: también reabre la discusión sobre cómo producimos energía.
Una nueva crisis geopolítica volvió a colocar el tema energético en el centro del tablero mundial, pero esta vez el miedo viene acompañado de otra sensación: urgencia.
La era del petróleo se parece a un dinosaurio: enorme, poderoso y todavía peligroso, pero incapaz de evitar el cambio del terreno bajo sus patas.
En una charla con La araña patona, el doctor Miguel Robles, director del Instituto de Energías Renovables de la UNAM, lanzó una hipótesis incómoda: “Quizá no presenciamos sólo una crisis petrolera, sino el desgaste de toda una era tecnológica; estamos siendo testigos del fin de una era basada en los hidrocarburos”, explicó durante la entrevista.
La frase pesa. Durante más de un siglo, el petróleo ha movido industrias, automóviles, guerras y economías enteras. Tener petróleo equivalía a riqueza. Hoy, esa ecuación empieza a romperse.
Las crisis energéticas no son nuevas. Ya ocurrió en los años setenta: conflictos internacionales dispararon los precios del crudo y obligaron a muchos países a buscar alternativas. La diferencia es que ahora las tecnologías renovables ya existen a gran escala.
Paneles solares, aerogeneradores y sistemas de almacenamiento dejaron de ser experimentos de laboratorio. Hoy producen electricidad real y, sobre todo, compiten.
En palabras de Miguel Robles, “el gran cambio frente a otras décadas es que muchas de estas tecnologías ya están maduras”.
Mientras los paneles solares avanzaron poco a poco, el almacenamiento energético dio saltos enormes. Las baterías modernas permiten guardar electricidad para usarla después, algo clave para aprovechar recursos variables como el sol o el viento.
La lógica cambió: ya no basta con generar energía limpia; ahora también es indispensable almacenarla.
Y justo ahí aparece Ormuz: un recordatorio de que el mundo todavía depende de una ruta marítima para sostener buena parte de su energía. Cada amenaza de bloqueo o conflicto vuelve a exhibir la fragilidad de un modelo construido alrededor de los combustibles fósiles.
Durante años, muchos gobiernos apostaron por el gas natural como “combustible puente”. Contamina menos que el carbón o el petróleo y además parecía barato.
México siguió esa ruta. Hoy, buena parte de las plantas eléctricas del país funciona con gas importado desde Estados Unidos. El problema es evidente: depender del exterior también implica fragilidad.
Robles recordó un episodio reciente. Una tormenta invernal paralizó Texas y redujo el suministro de gas hacia México. El resultado llegó rápido: apagones y un sistema eléctrico bajo presión: “Tenemos dos problemas”, dijo. “Ya gasificamos muchas plantas y además dependemos del exterior”.
Por eso la discusión ya no gira sólo alrededor de cómo producir electricidad. El tema de fondo es la soberanía energética. Es decir, la capacidad de mantener la vida cotidiana sin depender de decisiones ajenas.
En Europa, la presión energética se siente con más fuerza. Los inviernos extremos, la dependencia del gas extranjero y las tensiones geopolíticas aceleraron la instalación de plantas eléctricas con base en energías renovables.
Países como España e Irlanda avanzan rápido en generación solar y eólica. Y ahí aparece una paradoja incómoda. España produce más energía renovable que nuestro país, aunque México recibe mucha más radiación solar durante el año: “México tiene un recurso solar muchísimo mayor”, explicó Robles. “Pero generamos menos”.
La diferencia no está en el Sol, está en las decisiones, la inversión y la velocidad del cambio. Aun así, América Latina acelera. Según el Robles, la región adoptó energías renovables a un ritmo importante durante las últimas décadas, aunque todavía marcha detrás de los países desarrollados. “Vamos más rápido que antes, pero todavía no empezamos a correr.”
Hay otro caso que retrata este cambio de época: Venezuela.
Durante décadas, poseer enormes reservas petroleras parecía garantía de prosperidad. Hoy el panorama resulta mucho más complejo. Las sanciones, los conflictos internacionales y las tensiones del mercado transformaron ese recurso en una fuente de incertidumbre.
Para Robles, eso refleja el desgaste del viejo modelo energético: “El petróleo ya no garantiza prosperidad”, afirmó. La frase rompe una idea que dominó buena parte del siglo XX: creer que el futuro pertenecía a quien tuviera más crudo bajo tierra.
Ahora el mapa cambia. La riqueza energética del futuro podría depender menos del subsuelo y más de la capacidad tecnológica para generar, almacenar y administrar energía limpia.
La transición energética no llegará de golpe. No existe un interruptor gigante ni un meteorito en el horizonte que extinga la era del petróleo y encienda automáticamente las renovables.
El cambio avanza entre tensiones, intereses económicos y conflictos políticos. Algunos países aceleran. Otros todavía permanecen atrapados en la dependencia de los combustibles fósiles.
Y quizá la pregunta ya no sea si el petróleo perderá su dominio, sino cuánto tardará el nuevo modelo energético en ocupar su lugar. Porque, a diferencia de la extinción de los dinosaurios, las grandes transformaciones históricas nunca llegan de golpe.
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