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La ingeniería también debe aprender a escuchar: otra
forma de construir la sustentabilidad

Por Juan Manuel Valero
Septiembre, 2026

Paneles solares, turbinas, sistemas más eficientes, nuevas fuentes de energía. Cuando se habla de transición energética, es fácil imaginar que las soluciones se encuentran principalmente en la tecnología. Pero una estufa, una red eléctrica o una fuente renovable nunca existen de manera aislada: forman parte de comunidades, economías, costumbres, instituciones y formas particulares de relacionarse con la energía.

Para Karla Cedano Villavicencio, académica del Instituto de Energías Renovables de la UNAM, esa dimensión humana no es un elemento secundario de la ingeniería. Es parte del problema que la ciencia necesita comprender.

Su trabajo parte de una idea aparentemente sencilla, pero con consecuencias profundas: antes de decidir qué solución energética necesita una comunidad, hay que entender cómo vive, cómo utiliza la energía y qué considera valioso. Eso significa cambiar una relación que durante mucho tiempo ha sido vertical, en la que la academia identifica un problema, diseña una respuesta y después intenta llevarla a la sociedad. La alternativa es más compleja: escuchar primero.

Cuando la energía deja de ser solamente tecnología

Un sistema energético puede parecer, a primera vista, un conjunto de objetos: combustibles, estufas, paneles, cables, máquinas o dispositivos que transforman y utilizan energía. Sin embargo, detrás de todos ellos existen decisiones humanas.
Quién tiene acceso a la energía. Cuánto cuesta. Para qué se utiliza. Qué tecnología resulta aceptable. Quién toma las decisiones. Qué prácticas llevan décadas formando parte de una comunidad.
Por eso, Cedano habla de sistemas sociotécnicos: sistemas en los que tecnología y sociedad no pueden separarse por completo.
Desde esta perspectiva, determinar si una solución es sustentable requiere mirar mucho más allá de su impacto ambiental.
En el trabajo que desarrolla con su grupo de investigación se consideran al menos cuatro dimensiones: la ambiental, la económica, la social y la institucional u organizacional.
Una tecnología puede reducir determinados impactos ambientales y, aun así, resultar demasiado costosa, poco apropiada para una comunidad o difícil de sostener dentro de las instituciones que tendrían que utilizarla.
La pregunta, entonces, deja de ser únicamente qué tecnología funciona mejor.
También hay que preguntar: ¿funciona mejor para quién y bajo qué condiciones?
Ese cambio modifica incluso la forma de acercarse a las comunidades. Cedano ha trabajado con grupos rurales y periurbanos, estudiantes, mujeres, jóvenes y poblaciones vulneradas para comprender primero cómo utilizan la energía y cómo imaginan se que podría utilizarse mejor.
Solo después aparece la posibilidad de acercar una solución tecnológica. No se trata de llegar con una respuesta terminada, sino de construirla a partir del contexto.

Una estufa de leña también puede poner en duda nuestras certezas

El uso de leña permite observar por qué estas diferencias importan.
En las discusiones sobre energía y sustentabilidad, las estufas de leña suelen asociarse inmediatamente con contaminación, afectaciones ambientales o prácticas que deberían sustituirse. Karla Cedano advierte que esa interpretación puede resultar demasiado simple cuando se aplica por igual en cualquier contexto.
En algunas comunidades, explica, el manejo de la leña responde a prácticas locales que no necesariamente equivalen a las grandes cadenas de explotación que provocan deforestación. Confundir ambos fenómenos puede llevar a diagnosticar un problema desde fuera sin comprender primero cómo se obtiene, administra y utiliza ese recurso.
El ejemplo revela algo más amplio. Una solución puede parecer evidente desde el escritorio y dejar de serlo cuando se observa la realidad cotidiana de quienes tendrían que adoptarla.
Por eso la sustentabilidad necesita incorporar la cultura. No como un elemento decorativo ni como una consideración que se agrega al final de un proyecto, sino como una parte de aquello que determina si una intervención tendrá sentido.
Para Cedano, esto implica abandonar las lógicas en las que una autoridad externa establece de antemano qué prácticas son sustentables y cuáles no. El conocimiento técnico sigue siendo necesario, pero debe dialogar con otros conocimientos. Y ese diálogo obliga también a la academia a aprender.

De llevar conocimiento a construirlo con otros

Durante mucho tiempo, una parte de la comunicación y de la práctica científica se ha apoyado en una imagen vertical: quienes poseen conocimiento especializado lo transmiten hacia quienes no lo tienen.
Karla Cedano cuestiona esa lógica. En su experiencia, el aprendizaje no ocurre únicamente de la academia hacia las personas. Puede suceder también en sentido contrario.
Las comunidades conocen su territorio, sus necesidades, las razones de sus prácticas y las restricciones que enfrentan. Ese conocimiento puede revelar dónde una tecnología tiene sentido, dónde una propuesta necesita modificarse y hasta dónde ciertas ideas científicas parten de supuestos que no corresponden con la realidad.
Esto no significa renunciar al conocimiento científico. Significa aplicar uno de sus principios más importantes: cuestionar las certezas.
La propia ciencia avanza cuando pone a prueba sus explicaciones, revisa sus hipótesis y reconoce que una respuesta puede cambiar frente a nueva evidencia. Cedano propone llevar esa misma disposición al encuentro entre ingeniería y sociedad.
En vez de ingresar a una comunidad desde la posición de “venimos a enseñarles”, plantea hacerlo desde preguntas mucho más abiertas: enséñenme, explíquenme, ¿por qué hacen las cosas de esta manera?
La diferencia parece lingüística, pero transforma el punto de partida. Entender primero las razones detrás de una práctica permite identificar después qué papel podría desempeñar la ingeniería dentro de una solución.
Karla Cedano llama a este proceso “la confrontación de las certezas”: revisar aquello que damos por sentado desde nuestra formación académica, nuestra historia personal o nuestra posición social y contrastarlo con una realidad que puede ser muy distinta de la descrita en los libros o las aulas.

¿Sustentable o sostenible?: cuando la palabra importa menos que su significado

Incluso el lenguaje puede convertirse en una de esas certezas. ¿Debemos hablar de sostenibilidad o de sustentabilidad?
La discusión ha ocupado durante años a especialistas y académicos. Cedano reconoce haber participado también en ese debate. Sin embargo, con el tiempo, la pregunta sobre cuál de las dos palabras es la correcta perdió importancia frente a otra mucho más relevante: ¿qué queremos decir cuando usamos cualquiera de ellas?
Para su grupo de investigación, ambos términos pueden utilizarse como sinónimos, siempre que exista claridad sobre aquello que representan. Y lo que representan no es únicamente protección ambiental.
La sustentabilidad aparece cuando existe un equilibrio entre las dimensiones social, económica, ambiental e institucional, y cuando las decisiones tomadas en el presente buscan contribuir a un futuro con mayor bienestar.
La distinción es importante porque reduce el riesgo de convertir la sustentabilidad en una etiqueta.
Una tecnología no se vuelve sustentable simplemente porque utilice una fuente renovable. Es necesario observar sus costos, sus consecuencias sociales, las instituciones que la sostienen y la manera en que se relaciona con las personas.
La discusión semántica deja entonces paso a una pregunta práctica: ¿estamos mejorando realmente las condiciones de vida y construyendo
sistemas que puedan mantenerse en el tiempo?

Una ingeniería que se debe a las personas

Esta manera de pensar lleva a Cedano hacia un territorio que podría parecer distante de su formación.
Ella misma se define como “ingeniera”, pero señala que el espacio académico en el que ha encontrado cabida se relaciona también con las ciencias sociales y las humanidades. Para ella, esa aparente contradicción apunta justamente hacia el lugar al que debería dirigirse parte de la ingeniería contemporánea.
Porque resolver un problema técnico es también resolver un problema social.
Las matemáticas, la física y la química permiten comprender fenómenos, calcular procesos y diseñar tecnologías. Pero esas tecnologías terminarán insertándose en sociedades reales.
De ahí una de las ideas más contundentes de su planteamiento: “la ingeniería se debe a las personas, no a los fierros”.
Un dispositivo técnicamente impecable puede fracasar si ignora las necesidades, prácticas o condiciones de quienes deberían utilizarlo. Del mismo modo, una solución construida con participación de las personas puede revelar variables que no eran visibles desde el laboratorio.
La pertinencia cultural y social deja así de competir con el rigor técnico. Se convierte en una condición para que ese conocimiento pueda resolver problemas.

Cambiar la corriente dentro de la ciencia

Esta visión del trabajo científico es parte de la trayectoria por la que Karla Cedano fue nominada en 2026 al Premio Marea 51, reconocimiento impulsado por Opinión 51 para visibilizar a mujeres con proyectos y trayectorias de impacto en México.

Su candidatura se encuentra en la categoría de Sustentabilidad y pone en primer plano su trabajo alrededor de las energías renovables, el uso eficiente
de la energía y la pobreza energética.
Pero la idea de “cambiar la corriente”, lema del reconocimiento, adquiere en su caso un significado que va más allá del sector energético. Implica cuestionar también algunas jerarquías dentro de la producción de conocimiento.

Karla Cedano defiende una ciencia en la que los saberes tradicionales puedan dialogar con los académicos, los jóvenes tengan mayor participación y las comunidades no sean vistas únicamente como receptoras de soluciones diseñadas en otro lugar.
También subraya la necesidad de abrir más espacios para las mujeres en la ciencia y la ingeniería. Si más de la mitad de la población no está suficientemente representada en los lugares donde se estudian los problemas y se construyen soluciones, argumenta, también se pierde una parte de las perspectivas desde las cuales es posible comprender el mundo.
La diversidad, desde esta mirada, no es únicamente una cuestión de representación. Puede modificar las preguntas que se hacen y, con ello, las respuestas que somos capaces de encontrar.

La ciencia que empieza preguntando

Quizá una de las paradojas de la ciencia contemporánea sea que cuanto más sofisticadas se vuelven nuestras herramientas, más importante puede resultar una capacidad aparentemente elemental: escuchar.
Escuchar antes de diseñar. Comprender antes de intervenir. Preguntar antes de asumir que conocemos la respuesta.
La transición hacia sistemas energéticos más sustentables necesitará nuevas tecnologías, mayor eficiencia y fuentes renovables. Pero el trabajo descrito por Karla Cedano recuerda que ninguna de esas transformaciones ocurre en el vacío.
Sucede en comunidades con historias propias, en instituciones con reglas particulares y entre personas que llevan consigo conocimientos construidos durante años.
Por eso, enfrentar problemas complejos no consiste solamente en llevar mejores respuestas desde la ciencia hacia la sociedad.

A veces, el primer avance ocurre en la dirección contraria: cuando la ciencia está dispuesta a confrontar sus propias certezas y preguntar qué necesita aprender.

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